Doctrina cristiana

Los Sacramentos

    Cada uno de los siete sacramentos se presenta aquí de manera accesible para cualquier nivel de preparación, sin requerir conocimientos previos ni vocabulario teológico.  

   Dispongámonos, pues, a disfrutar de un descubrimiento, o de un oportuno repaso, o de material útil para comunicar a otros las riquezas de la doctrina cristiana.  

 

 

 

ÍNDICE  

 

Bautismo

Confirmación

Eucaristía

Confesión

Unción de los enfermos

Orden Sagrado

Matrimonio 

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LOS SACRAMENTOS

    Fuimos creados por Dios, para compartir Su Gloria, Su infinita felicidad en el Cielo.

    Pero necesitamos que El viva en nosotros, para que pueda amarse en nosotros, y eso es la Gracia: nuestra participación en Su naturaleza divina. La debemos pedir en la Oración, y normalmente la recibimos por medio de los Sacramentos, que son los 7 canales por donde la Gracia viene a divinizarnos.

    En cada uno de ellos la Gracia tiene un matiz peculiar:

    * en el Bautismo, es la gracia de la filiación divina: nos hace hijos de  Dios.

    * en la Confirmación, recibimos en mayor plenitud esa semilla bautismal, con los Dones del Espíritu Santo.

    * en la Eucaristía comulgamos con el mismo autor de la Gracia, Jesucristo Nuestro Señor, intimando con El, en humilde adoración, como dos que se aman y se poseen.

    * en la Penitencia recuperamos la Gracia perdida por el pecado, restableciendo la amistad y disponiéndolos a cultivarla.

    * en el Orden Sagrado, Dios da a Su elegido la gracia de la configuración  con Jesucristo Sacerdote, y la ayuda para un fiel desempeño del Ministerio.

    * en el Matrimonio, en cambio, se recibe el don de la mutua fidelidad y comprensión para hacer del hogar un reino del amor y la felicidad familiar.

    * en la Unción de los Enfermos, por último, Dios asocia, al que está padeciendo, al Cristo que sufrió por nosotros, dándole, en esos momentos difíciles, un sentido a su dolor, aliento para sobrellevarlo (y para reponerse, como es frecuente), y mayor pureza de alma como para ser recibido  en el Cielo.

  I

  ¡Vamos a un bautismo!

     Todos, en cualquier momento, vamos a participar de un Bautismo. Como en el nuestro no teníamos mucha conciencia de lo que nos estaba ocurriendo, va a ser providencial el volver a estar cerca de la fuente (y de la gracia) bautismal.

    Aprovechemos, entonces, para reavivar algunos conceptos.

 Efectos del bautismo

      Por él comenzamos a disfrutar de la condición de hijos de Dios. ¡Comienza la vida! Nacemos a la gracia, a la vida que anima nuestra alma así como el alma anima nuestro cuerpo: si la vida del cuerpo es el alma, la vida del alma es Dios, dice San Agustín.

     Este sacramento

 •  quita el pecado original, la mancha heredada de Adán y Eva, la culpa cometida en ellos, reconciliándonos con Dios. Nos quedan, sin embargo, las  malas inclinaciones.

 •  nos infunde la gracia, que nos fortalece para combatirlas, haciéndonos,  como hemos dicho, hijos de Dios y herederos del Cielo.

 •  y nos imprime carácter: ya no podemos volver a la anterior condición, puramente natural. Seremos, para la eternidad, buenos o malos hijos de Dios,  cristianos.

 Exigencias

   El bautizado deberá esforzarse, por consiguiente, por vivir en forma coherente con esa semilla de Dios que la Iglesia ha sembrado en él, cultivándola con la oración, los sacramentos, y las virtudes.

    Los padrinos van a cooperar en ello con sus oraciones, el ejemplo, sus consejos. Se les exige ser bautizados en la Iglesia Católica, ser mayores de 16 años, haber recibido los Sacramentos de la Eucaristía y Confirmación, y vivir de acuerdo con la Fe y con la misión que van a asumir (por eso no deben presentarse los que estén viviendo en situación irregular). Ellos ejercen una cierta paternidad espiritual, compromiso para toda la vida.

 El rito del bautismo

    En la ceremonia del Bautismo se va explicando, a cada paso, el sentido del ritual.

    Resalta el papel de los padres y padrinos, por cuya Fe (profesión del Credo y consiguiente renuncia al pecado y al demonio) y por cuya intención de pedir el Bautismo los bautizados van a recibir el sacramento.

    Para ello la Santa Madre Iglesia los irá acompañando, a lo largo de la vida, con los sacramentos, a la vez que encomienda a los nuevos cristianos al cuidado de los padres y padrinos.

    Después de la proclamación de la Palabra de Dios, se reza el exorcismo, es decir, la Oración con la que se expulsa al demonio. Todo ser humano viene al mundo con las consecuencias del pecado original: la enemistad con Dios, mancha que será lavada por el agua del Bautismo, y las malas inclinaciones, que perduran. Para la lucha contra éstas, precisamente, se recibe a continuación la Unción con el óleo consagrado, que fortalece frente a las tentaciones.

    Luego tiene lugar el rito propiamente dicho del Bautismo, con la bendición del agua, renuncia al pecado y Profesión de Fe, por el que el Catecúmeno comenzará a ser Hijo de Dios y de María Santísima.

    Dios habitará en él, y en él va a engendrar a Su Hijo, el Verbo de Dios, y en su alma procederá de ambos el Espíritu Santo, como el Amor con que se aman y se poseen, y son infinitamente felices: Dios habitará en él, obrando trinitariamente.

    Será, entonces, un Templo de Dios, con vocación a la misma Bienaventuranza divina, para la que fuimos creados.

    El nuevo cristiano será ungido en la frente (el lugar más visible) con la señal de la Cruz (la señal de los Cristianos). Así se significa cómo debe ser de visible nuestra condición y conducta de dignos hijos de Dios.

    Tocando el cirio encendido, manifestamos el compromiso asumido, de hacer que esa luz, encendida en el alma del bautizado, nunca se apague, sino que la mantenga encendida gracias, también, a nuestras oraciones, consejos y ejemplos.

    Efeta!, ¡ábrete!: ábranse esos oídos para escuchar la divina Palabra, y esa boca para alabar al Padre del Cielo, como lo haremos todos ahora con la Oración del Señor. Para alabarlo como debemos hacerlo con pensamientos, palabras y obras, a lo largo de la vida, y comunicando esa Gracia, contagiándola, como un fuego que llevamos dentro y que busca, para no apagarse, expandirse en apostolado.

 

  II

  Dispuestos al testimonio

 LA CONFIRMACIÓN

    Este es el sacramento que nos da el Espíritu Santo, fortaleciéndonos y confirmándonos en la Fe recibida en el Bautismo.

    Como todo sacramento, es un signo sensible (se ven la imposición de manos y la unción en forma de cruz hechos por el obispo, y oímos las palabras que dice), que nos comunica algo invisible: la Gracia del Espíritu Santo que se nos da y que nos reafirma en la Fe recibida.

    Si el Bautismo es el sacramento de la iniciación en la Vida Divina en nosotros, la Confirmación, como algo propio de adultos, nos mueve a defender esa vida de gracia y a dar razón de lo que creemos.

    Si la vida cristiana es un combate contra los tres enemigos del alma (el mundo del pecado, el demonio y las malas inclinaciones), la Confirmación nos dispone como bravos soldados.

 Disposiciones

    Para recibirlo bien es preciso

 •  Estar en gracia de Dios, para que este sacramento nos la aumenta. Si se lo recibiera en pecado mortal, el sacramento valdría, pero obraría sólo después de una buena confesión.

  Conocer la Doctrina cristiana, que habremos de defender aún a costa de la vida (como los mártires).

  Acercarnos a recibirlo con gran devoción y piedad, como corresponde.

 Efectos

    Y ¿qué hace en nosotros la Confirmación?

 •  Imprime el carácter de soldados de Cristo nuestro Señor.

 •  Aumenta la gracia, la Vida divina, la amistad con Cristo, que pedimos en la Oración, recibimos en los sacramentos y defendemos contra cualquier tentación. 

  Nos fortalece, efecto propio de este sacramento, especialmente en circunstancias difíciles en que se nos exija un valiente testimonio de nuestra Fe, de amor a Dios, de nuestra pertenencia a Su única Iglesia (Católica, Apostólica, Romana).

    La fuerza del Amor, por la presencia del Espíritu Santo, nos anima a vencer a cualquier enemigo del alma, obrando según sus 7 dones: sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios.

    Ser Cristiano no es fácil, entre los malos ejemplos, las malas inclinaciones, el Tentador, y -como si esto no fuera bastante- las pretensiones, que no faltan, de justificar esas verdaderas claudicaciones y traiciones a Dios que son los pecados.

    Pero para el que asume su vida cristiana como lo que es, milicia para conquistar el Cielo, el triunfo estará en la perseverancia en ese combate espiritual. Esa será su victoria: que Dios, cuando venga a buscarlo, lo encuentre en pie de guerra (aún con algunas cicatrices...), en marcha a través de las variadas circunstancias de la vida.

    Cristo el Señor va delante, la Virgen Nuestra Madre y Señora nos guarda, los Angeles y Santos nos alientan con su ejemplo e interceden por nosotros.

    Soldados de Cristo, confirmados en Su Amor, ¡adelante!


 III

  ¡Vamos a misa!

 LA EUCARISTIA

     Acerquémonos al altar, sin miedo. Estamos en casa. Ya aparecerá el sacerdote, seguramente con monaguillos. Mientras lo esperamos. pensemos un poco en lo que va a ocurrir.

    Por empezar, no creamos que el protagonista es el sacerdote, sino en todo caso secundariamente. Sabemos que Cristo, Dios hecho hombre para salvarnos de la eterna condenación, murió y resucitó. Pues bien, ese sacrificio se repite, misteriosamente, en la celebración de la Santa Misa.

    Es decir, Dios mismo se hace presente en la Iglesia, renueva el misterio de la Redención o salvación espiritual, y se nos da hecho alimento para nuestra vida cotidiana (espiritualmente hablando). Vida de familia, de trabajo, de estudio, de relación..., siempre queriendo hacer el bien y con sentido y mérito para después de la muerte.

    Y bien, para obrar bien, y hacer bien el bien que hagamos, Dios nos dará luz, paz, serenidad, consuelo... Va a traernos Su gracia, y a eso hemos venido: a pedirla.

    Y aparece el celebrante. Besa el altar, adhiriendo al Sacrificio de Cristo, y todos rezamos el acto de contrición, purificándonos para acercarnos al Señor que es a la Santidad misma.

    Escuchamos las lecturas de Su Palabra, que por el misterio de la Liturgia nos traerán, seguramente, algún mensaje personal. El sermón, predicación, u homilía hace llegar esa Luz a las diversas circunstancias de nuestra vida, preparándonos para unirnos con Dios en una Vida, en un mismo Cuerpo, en común-unión eucarística.

    Pero antes que esto, respondemos a esa Palabra, a esa invitación divina, ofreciéndonos a Aquél que por todos se ofreció hasta morir. Es el ofertorio, y hacemos el propio en esas hostias blancas que nos representan, y que van a ser cambiadas, por las palabras de la consagración, en el mismo Cuerpo del Salvador, así como el vino se hará Su misma Sangre.

    A todo esto vemos gestos, oímos oraciones, en algunos momentos la gente canta. Así, para la consagración, nos arrodillamos, en adoración sincera. Le decimos interiormente, por ejemplo: -Señor mío y Dios mío... Y cantamos -siempre de modo y con canciones apropiadas a esa finalidad- alabando al Dios-con-nosotros. Todo nos ayuda, litúrgicamente, a elevarnos. No tenemos que distraernos, ni tampoco entretenernos. Estamos participando del Misterio que se está realizando.

    Y así como todos necesitamos del perdón, y a todos se dirige la Palabra divina, todos le respondemos ofreciéndonos para lo que guste mandar... El nos recibe, nos consagra haciéndonos otros-Cristos, nos reúne en Su Cuerpo Místico animado por el mismo Espíritu de Amor.

    Por eso Dios quiere que todos nos acerquemos a comulgar, a recibirlo en el Santísimo Sacramento -debidamente preparados-, para salir de Misa fortalecidos, entusiasmados (que quiere decir, en griego, endiosados, poseídos del gozo divino).

    Y si el sacerdote nos despide con la bendición en forma de Cruz, esto nos recuerda que volvemos a la lucha y cruces cotidianas. Pero volvemos dispuestos a llevar la cruz con ánimo, sabiendo que Cristo la llevó por nosotros, y la lleva con nosotros. Aún más, volvemos resueltos a llevarla con alegría, pues toda cruz tiene sentido y mérito unida a la Cruz redentora de Cristo que ha resucitado, venciendo a la muerte y abriéndonos el Cielo.

    Gracias a la Cruz, entonces, gracias a la Misa, podemos ser santos y eternamente felices en la Bienaventuranza para la que hemos sido creados.

    Si vamos viviendo así la Misa, haremos de ella, cada vez más, nuestro cielo en la tierra.

    ¡Vamos, entonces, a Misa!, sin vacilar, sin rezongar, sin quedarnos en la vereda, sin querer deformarla. Vamos alegremente al Santo Sacrificio de la Misa.

 

 IV

Restablecer la amistad

LA RECONCILIACIÓN SACRAMENTAL.

    -Perdoname, Fulanito, estuve mal...

    Así reparamos una ofensa y restablecemos, con nuestro amigo, una relación que valoramos y queremos cultivar. Y sólo nos quedamos tranquilos cuando sentimos su mano y vemos su sonrisa y escuchamos su:

    -¡No es nada!, no sé de qué estás hablando...

    Ese es el signo del perdón y de que, en adelante, todo sigue como antes. Y todavía mejor. Porque hemos mostrado que esa amistad significa algo y mucho para nosotros.

    Somos sensibles. Así nos hizo Dios.

    Y con El ocurre algo parecido, cuando lo hemos ofendido (después de todo, ¿no fuimos hechos a Su imagen y semejanza?).

    Es decir, cuando la conciencia nos remuerde, llamándonos la atención sobre algo que sabemos que estuvo mal -o menos bueno y que demuestra poco amor-, entonces queremos volver a Su amistad. Y querríamos escuchar Su voz y tener como un signo de su perdón. ¿Es posible?

    El sacramento de la Penitencia, o Confesión o Reconciliación, es precisamente el medio que Dios ha puesto a nuestro alcance para restablecer de inmediato la amistad con El, perdida por el pecado.

    Y en este misterio de reconciliación con Dios, hay también un elemento sensible: vemos al sacerdote, bendiciéndonos, y escuchamos las palabras de perdón, la absolución del que hace de intermediario del perdón de Dios: a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos...

    Es que también para las cosas de la religión somos sensibles. ¡Así nos hizo Dios!

 ¿Qué hace falta?

     Para una buena confesión es preciso, en primer lugar, tener Fe. Fe para saber que hay un Dios, Sabio y Bueno y Justo, al que ofendo con mi hacer lo que El no quiere o por no hacer lo que El me pide. Fe para descubrir en el confesor al representante de Dios; y para reconocer en él al juez, al médico, al maestro y al padre espiritual.

    Fe y, en segundo lugar, obrar en consecuencia. Porque a un Dios tan bueno y tan generoso tenemos que responderle con amor y gratitud. ¿Le habremos fallado? Conviene pues examinar la conciencia. Esto es, recordar en qué pudimos haberlo ofendido, para confesarlo debidamente.

    Luego -y es lo más importante- hay que dolerse de los pecados cometidos, con un arrepentimiento eficaz. Es decir con el dolor de una voluntad decidida a no volver a las andadas (aun cuando la sensibilidad no acompañe). Por ello es coherente la necesidad de proponer la enmienda, como cuando le aseguramos a nuestro amigo que esto no volverá a ocurrir..., y ponemos los medios para que así sea.

    Una vez confesados todos los pecados mortales que se recuerden -y convenientemente también los veniales-, vamos a cumplir la penitencia que nos impone el confesor, reparando la ofensa a Dios y al prójimo, restituyendo lo sustraído (cosas, fama, etc.), removiendo obstáculos a la gracia (incitaciones y ocasiones de reincidir, etc), reconciliándonos con quien sea.

 ¿Cada cuánto?

     Es muy conveniente confesarse con frecuencia, ya que la gracia propia de este sacramento no sólo nos perdona los pecados cometidos sino también nos da la fuerza necesaria para superar esas mismas tentaciones en adelante.

    Además, el examen de conciencia nos va ayudando a conocernos mejor. Más aún, nos va dando como un cuadro de la situación, como una pintura del jardín de nuestra alma, o una reseña del campo de batalla, para organizar mejor nuestra estrategia espiritual en adelante.

    Finalmente, no nos desanimemos si vemos que en dicho jardín siempre crecen los mismos yuyos... Cada uno y cada una tiene, en las distintas etapas o circunstancias de su vida, un problema o una tentación particular que se repiten. Ahí hemos de trabajar, reforzar, tal vez tomar una firme decisión.

    Una vez sinceramente confesados, no dejemos que ninguna consideración nos quite la alegría de habernos reconciliado con Dios, en Cristo, en la Iglesia.

 Práctica de la confesión

    Normalmente nos preparamos para una buena confesión con una suerte de actos preparatorios:

+ Damos gracias a Dios por todos sus beneficios, naturales y sobrenaturales, pasados, presentes y futuros.

+ Pedimos a Dios Su ayuda, luz y gracia para conocer las propias faltas y odiarlas eficazmente en adelante...

    Luego nos examinamos, en base a

 I - los pecados capitales soberbia - avaricia - lujuria - ira - gula - envidia - pereza.

        y las virtudes opuestas   humildad - desprendimiento - pureza - mansedumbre - templanza - caridad fraterna - diligencia y fervor.

 II - los consejos evangélicos 

+ mi entrega del corazón a Dios y deseo de amar a Jesús con un corazón indiviso;

+ mi humilde sujeción a la voluntad de mis superiores, representantes de la autoridad de Dios.

III -  Los 10 Mandamientos

(ver el breve examen de conciencia parroquial)  

                                      * * *

 El examen particular

    Un pequeño secreto para el efectivo crecimiento en el amor de Dios y en las virtudes es el centrar la estrategia en un defecto, y por un tiempo dedicarse a combatirlo sin tregua.

    Propongámonos, por tanto, hacer el examen particular durante toda la semana o el mes, acerca de lo que la confesión nos sugiera.

 

 V

  ¿Llamar al cura..? 

 LA UNCION DE LOS ENFERMOS

    Esta elocuente historia va a exponer muy bien el tema:

    Juan está enfermo. Primero fueron unos dolores en el brazo. Luego se extendieron al pecho. La mujer intuyó en seguida que se trataba de un cáncer. Se mordió el labio y disimuló cuanto pudo su dolor, y se dedicó por entero a atender a su marido, para aliviarle todo lo posible la que ella no sabía si sería larga o corta ...agonía.

    Dos meses después Juan ya no podía hablar, aunque escuchaba y entendía. Una mirada de pena era su expresión permanente. Y la mano apretaba con firmeza el pequeño crucifijo donde otro crucificado le mostraba -como a todo el que quisiera ver- el difícil arte del sufrir.

    Juan había sido un hombre bueno toda su vida. No tan asiduo en la Parroquia como su esposa, pero fiel a su comunión semanal. Y lo hacía notar durante la semana, cuando se presentaba la ocasión de dar una mano a los vecinos. ¡Una mano lava la otra!, les solía decir. Y esta frase habitual era su traducción personal de la comunión fraterna en el único Cuerpo místico de Cristo. El había sido, de una u otra manera, otro- Cristo haciendo el bien alrededor.

    Ahora Cristo lo quería ver identificado con El también en el dolor, en el sacrificio que salva otras almas cuando es aceptado y ofrecido.

                                     *  *  *

     Ya no quedaba mucho tiempo de vida para el cuerpo de Juan. La mujer se daba cuenta y quería traer al párroco para acompañarlo, pero la hija y -sobre todo- el yerno no querían ni hablar de ello. El yerno porque se había peleado con el cura. Y la hija porque un pastor la había hecho dejar la Iglesia, y ahora insistía en que si llamaban al párroco el papá se iba a asustar.

    Y ella no estaba para pelear, ni quería que Juan los viera discutiendo. Pero se iba acercando el desenlace. El sacerdote le había dicho que iría en cualquier momento. Que no importaba si alguien se oponía. Que lo más importante era que Juan recibiera el Sacramento que le daría la gracia especial para sobrellevar la prueba y prepararse mejor, bien purificado, para morir como Dios manda, sin desesperarse, sin turbaciones, en paz. Ella quería que Juan, si tenía que sufrir, lo hiciera con el mayor consuelo. Y si tenía que morir que fuera en gracia de Dios, con paz en el alma, y hasta con una sonrisa...

    Pero por aquella pelea del yerno con el sacerdote (que lo había retado porque andaba en cosas raras), y por la influencia de una de tantas sectas que aparecen como hongos y mueren con el pastor, su pobre Juan no recibía la bendición que Dios tiene reservada para los enfermos.

    Hasta que se anunció el Párroco, y vino igual. Nadie se animó a ponerse en su camino, sobre todo al verlo tan decidido. Y Juan lo recibió con una mirada en la que había desaparecido la pena. Sin demasiadas palabras, sin cansarlo, el cura le dio la absolución, proponiéndole que ofreciera como reparación todo lo que estaba padeciendo.

    Y tomando el óleo o aceite consagrado bendijo a Juan con la Unción de los Enfermos, en la frente y en las manos. La mujer acompañaba con esperanza la administración del Sacramento, por el que Dios asociaba a su marido en agonía al Cristo que sufrió por nosotros. Al Cristo que le daba mayor pureza de alma como para ser recibido en el Cielo. Al Señor, Buen Pastor y Samaritano que les daba, a Juan y a ella, un sentido a su dolor y aliento para sobrellevarlo en esos difíciles momentos.

    En fin, a Jesús el Hijo de María Salud de los enfermos, cuya presencia sin dudar se hace notar, Madre que es de todos y cada uno de los cristianos. Como en los demás sacramentos, en la Unción de los enfermos recibimos la gracia de Dios a través de Cristo, Dios hecho hombre, y por las manos maternales de María Santísima, Medianera de todas las gracias.

                                     *   *   *

     Suele suceder que un enfermo recobre la salud, al menos por un cierto período, al recibir este Sacramento. Así lo reconocen frecuentemente los médicos. Si la gracia divina recibida fortalece el alma del cristiano, y de tal forma que una fuerza nueva y superior coopera para el bien total de la persona, no es extraño que el mejor estado anímico del paciente influya sobre su organismo de manera positiva.

    Por todo ello, por motivos sobrenaturales (la gracia de Dios) y por motivos naturales (el frecuente restablecimiento de la salud) siempre es conveniente recibir la Unción (antes llamada extremaunción), el sacramento de los enfermos. Hay que vencer cualquier obstáculo, sea por parte del enfermo mismo como por parte de los que lo rodean (prejuicios, ignorancia, vanas aprehensiones y temores, etc).

    Y es conveniente hacer público el propio deseo de que venga un sacerdote a acompañarnos en cualquier enfermedad. Y es preciso llamarlo en cualquier momento en que sea necesaria su presencia, y con su presencia el consuelo, la fortaleza, la tranquilidad espiritual y la alegría de saberse en paz con Dios y preparados, como las vírgenes prudentes del Evangelio, para salir al encuentro del Señor que viene a buscarnos en el momento que sólo El sabe.

  *   *   *

    Como Juan, que murió a los pocos días con una expresión de contagiosa serenidad.  

 

  VI

  El misterio del Sacerdote

EL ORDEN SAGRADO

    ¿Quién es éste que se permite decir a todos lo que pueden o no hacer..? ¿Quién es éste para pretender que, al decir esto es Mi cuerpo, y Yo te absuelvo y te perdono..., Dios mismo se hace presente, en el altar o en el que había pecado...?

Para el Cielo...

    El Sacerdote, no hay duda, es un hombre misterioso. Y así lo manifiestan muchas veces aquéllos que, con o sin simpatía, no lo entienden. Está envuelto en el Misterio del Cielo. Es el hombre-para-el-Cielo, y su vida y su misión no tienen sentido fuera de ese contexto. Lo demás es accesorio, preparatorio o consecuencia de esta realidad. De hecho, con su palabra y con su ejemplo predica qué hacer para ir al Cielo. Y con su ministerio todo hace el Cielo una realidad:

¨  bautizando, hace nacer al Cielo, a la posibilidad de la Herencia Eterna;

¨  confesando, vuelve al camino del Cielo a los que lo habían perdido;

¨  consagrando en el Altar, les trae a la tierra un poco de Cielo, pues el Cielo es Dios, y les trae a Dios;

¨  dándoles la Eucaristía fortalece a los que marchan al Cielo en medio de las luchas y caídas...

¨  bendiciendo los matrimonios testifica, en nombre de la Iglesia, que Dios ayudará a los contrayentes a hacer de su vida matrimonial un medio propicio para este peregrinar;